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Vives en un Haiku



“I’ve laughed the hardest in my darkest hours.

I’ve loved the sweetest when my soul was bitter.

And still, the sun shone.” G.G.


Quise olvidar todo lo que tuve, pensar que mis ojos se habían quedado en otro amanecer, que mi sonrisa se había vuelto parábola de otra alegría, y justo cuando los dedos de las sombras se alargaban sobre el paisaje, me volví nostalgia. Las nubes de verano y los eclipses que no miramos se esfumaron, y pude ver detrás de esta esquina la misma ausencia divina que nunca ha podido ser mía.


¿Por qué debo amar tu silueta lejana, inadvertida? Ahogo gritos que recuerdan tu nombre, y mi alma se teje en desorden al vaivén de esta impotente lucha con lo efímero. Me vuelvo frágil, el mundo me devora, se cierran las paredes de este cubo diminuto donde ahora tengo que vivir con el fantasma del deseo que me invade cada madrugada, cuando te puedo oler de nuevo en sueños, en ocasos, en las ballenas de un océano imaginario donde puedo navegar tus pasos y ser más que la quietud de tu recuerdo, que no abruma ni acaricia, que no vive ni muere.


Y sé que dolerá mañana, cuando entienda que no me duele lo lejos que te encuentras, sino lo cerca que te siento. Porque me robas el aliento cada vez que se enciende el reflejo de pensarte, y los breves instantes que tienen tu perfume se expanden como cúmulos violentos, me engañan en un abrazo que no podré sentir. Porque no estás aquí, porque no estoy ahí. Pero al menos hoy sonrío con un incrédulo optimismo, cuando recuerdo aquel día en que, con tu melódica paciencia, formaste entre un mar de letras un sincero “Gracias por regresar a mi vida.”

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