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Some kind of magic



La lucidez me llega con la misma tranquilidad con la que se desvanecen los recuerdos, entre las sombras, en las torpezas de la memoria. Los anhelo con fervor, pero sé que su regreso es caprichoso, una concesión efímera del destino. En esa levedad, contemplo las fronteras de mi existencia y me sumerjo en lo vasto de mis bosques, aceptando con resignación las ausencias y la insignificancia que las conforman.


Encuentro descanso en hurgar los límites de mi memoria, elevándome por encima de mi propia periferia, en vaivén simétrico, voy de recuerdo en recuerdo, de idea en idea, construyendo nuevos universos para explorar. En este vértigo, me siento como un equilibrista caminando sobre el filo de la navaja, entre la certeza y el abismo de la duda.

Pero sé que estas epifanías son pasajeras, ráfagas de claridad en medio de la neblina cotidiana. Cuando lo etéreo se dispersa y desciendo hacia lo real, sé que soy solo una estrella fugaz en el vasto firmamento, apenas un destello de luz en la oscuridad que puedo percibir en las paredes desnudas. Ojalá me vieras, contemplando los mantos donde deposito nuestro futuro, uno a uno, todos los lugares donde quiero imprimir tu nombre, los recuerdos que serán gratos, memorables e imprescindibles.


En estos deseos fugaces, la realidad se revela ante mí como un enigma, una pregunta sin respuesta. Me sumerjo en el tiempo que aún no existe, y abrazo tu vida, las cosas cotidianas, las mañanas en las que bailaste en la cocina, el sorbo del café, la distancia que hay entre tus estrellas y las mías. Y es tan grande tu misterio, que abrazo la eternidad con recelo, le pido más vida, porque al fin sé dónde quiero gastar los granos de mi reloj de arena.


Y me llega un poco de claridad, encuentro nuevas virtudes en viejas esencias, me vuelvo un halo con tu misma existencia: el espacio se convierte en una estrella, efímera pero eterna.

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