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Recapitulando



Había tantas cosas escondidas en mí que jamás imaginé que podría sentir, ni en mis sueños más bohemios, ni en las glorias más soberbias, ni siquiera en mis horas más funestas... Ahora, con un poco más de calma y tiempo, puedo saborear las lecciones de mi pasado. He entendido, por ejemplo, que la felicidad es el compás de la tristeza, una brújula exacta que no deja ni un gramo de inconsistencia. Lo más hermoso que has podido sentir puede volverse tu peor miedo; lo más triste que pudieras imaginar puede transmutar en fuego. Y la diametral distancia entre tu alegría y tu desgracia radica en cómo quieras afrontar lo que, ni aunque lo hayas deseado con todos tus huesos, hubieras podido controlar.

 

También aprendí a hacer las paces con todas mis eras. He hecho un almanaque de las cosas por las que tanto he luchado. Comprendo, con asombro, que solo me han costado tiempo. Esas breves alegrías que he sentido por poseer ya no son ni siquiera recuerdos. Las posesiones se han degradado al olvido, los amores que tanto amé no han prevalecido. Me he quedado solo con las manecillas de mi reloj y un montón de anécdotas que repasar, que por fin he podido retroceder un poco y recapitular. Han sido fundamentales mis miedos para prevenir que cayera ahogado en el mar de todo aquello que jamás fue mío. Debió confiar un poco más en el destino y soltar la soga que quemó mis manos para no caer en un abismo, que al final de cuentas no era más que un nuevo cielo, con otros temores, con otras sonrisas, con repisas vacías para llenar de nuevos recuerdos.

 

Y me queda claro después de tanto agravio que debí atravesar el fuego para encontrarme, que no podía ser de otra manera, que no podría cambiar detalles dolorosos, que no me fue posible prever los momentos desastrosos, que debí perder todo lo que ya no es mío para llenar mi alma de voluntad, mi corazón de amor y mis habitaciones del perfume de tu piel. Mis paredes están desnudas y somos un lienzo. No hay nada que yo deseara más que este nuevo comienzo y quiero que sepas que estás ante lo mejor de mí. Tengo la certeza de un eterno optimista de que estoy ante lo mejor de ti y quiero volver a recorrer las banquetas de tus calles, acompañarte de un lado al otro de la acera para regular tu sol y tu sombra. Es un placer acompañarte, respirarte, dibujar estrellas con tus lunares y poder ver contigo mil ocasos, que reconozcas todos mis fracasos y aún así quieras quedarte un día más, a tomar el té.

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