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postales



Me gusta la soledad que hoy me sofoca, porque aquí al menos siempre estás conmigo. Aquí no eres tus latidos en otra latitud, ni los domingos en el parque sin mí. Aquí solo eres el recuerdo que habita, deshace y construye. También eres el dolor que quema y te hace real, el silencio que no tiene piedad y las historias en las que te busco.


Y aunque desde mi caverna he encendido el sol de nuevo, me atormenta el desvelo de un sueño sin tu rostro. Cuando el día se tiñe de púrpura y el cielo sonríe, me subleva la prisa de llamarte. No te llamo, pero derramo en todas mis paredes todos tus colores.


He escrito tantas veces el ensayo de tus labios que he disociado los recuerdos que han sucedido de los que me he inventado. Tejiendo los momentos más gratos, creo que en toda la belleza de nuestra historia, me has ido preparando para no tenerte conmigo. El amor ha prevalecido y me ha costado toda mi cordura. Me destroza tu rostro en una pantalla, sin tu tacto, sin tus manos buscando mis manos. En cada breve ausencia me vuelvo un extraño.


Ahora me sobrepasa la dicha de haberte encontrado, aunque los pedazos de mí que han quedado se embriagan en la miseria de extrañarte. Te extraño como oficio, no hago pausas, no tomo feriados. Esta quietud de ti es sombra en oscuridad, solo yo la puedo apreciar. Mi maestría es tal que nadie sospecha que mi sonrisa es una postal: vive en otro momento, posee otro tiempo, y está ahí en el anaquel, cansada de extrañar.

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