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Amor en tiempos de exilio



Estoy aquí a tu lado, pero ya presiento la condena que será esta distancia. Podremos recorrer los pasos que sean necesarios, incluso trazar una línea equidistante en la que nos encontremos en algún lugar al azar y procurar, allí, construir algunos peldaños más a la escalera de recuerdos con la que queremos llegar al cielo. Volver a contar los lunares que ya he contado antes y deleitarme de nuevo con esas manos que no quieren ser tomadas, y llenarme de nuevo de las cosas que quiero que habiten en mi memoria, aunque al hacerlo la ausencia se vuelva tormenta.

 

Porque vendrán días implacables en los que nos cuestionemos el porqué de seguir deseando este amor improbable, conscientes de lo mucho que dolerá, esperando como un golpe lejano que no podemos detener, la fuerza de la nostalgia que llegará incesante y agobiante. Aprender a presentir el dolor en el alma, porque al final comprendimos que, entre más amor, más dolor. Aun así, levantar la mirada y voltear al cielo, simular el arco de una sonrisa solo deseando que tú la veas, y cerrar los ojos hasta que pueda sentir tus manos en mi rostro, poderte oler en mi locura y recrear una y otra vez tus muecas y tus mejillas sonrojadas.

 

Después, y en calma, quiero recordar que lo único que deseo es enamorarme como si no importara la nostalgia de mañana, cantarte a lo lejos y soñar que me estás escuchando, como la percusión de las explosiones de estrellas que regresan a nosotros más lento que el tiempo. Ponerme entusiasta y reservar un vuelo, llegar de sorpresa a tu hogar y con eso alimentar los mil días que pasarán entre nosotros en la sombra de un auricular, en la voz quebrándose de tanto extrañar, y de la mano caminar, hasta que entendamos que el tiempo no se detuvo pero que al menos pudimos llenar cada uno de sus segundos de más amor del que podemos comprender.

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